La Arqueología del Eco
La Arqueología del Eco
The Lost Tapes no es un comienzo, sino un umbral. Se manifiesta como una grieta por la que el silencio se filtra —denso, cargado de memorias que no nos pertenecen del todo. Es un espacio donde la voz y la ausencia se rozan, donde lo que quedó suspendido gana peso y donde cada pausa contiene preguntas que no buscan respuesta.
Esta instalación artística sonora nace de un encuentro imposible: la fusión deliberada entre la voz del autor y la del protagonista de su novela debut, NADIE TE ENSEÑA A ENTERRAR UN CUERPO. De esa convergencia emerge HEOOMAN, no como un personaje ni un seudónimo, sino como un estado. Una leve deformación de la palabra humano. Un error mínimo. Una fisura en el lenguaje por la que algo nuevo comienza a respirar.
En el universo de la novela, el protagonista creó esta obra musical hace más de cuatro décadas. Hoy, A. L. Ritter la rescata del olvido y la trae al presente. En ese tránsito entre tiempos y espacios, la obra se transforma: las identidades se disuelven hasta dar lugar a una tercera presencia, híbrida y anónima. Es una creación que pertenece a ambos y, al mismo tiempo, a nadie. Un territorio compartido que ninguno habría podido concebir por separado.
HEOOMAN existe precisamente en ese solapamiento. Es lo que permanece cuando la autoría se vuelve difusa, cuando la ficción y la experiencia vivida colapsan una sobre la otra. No es una máscara, sino una superposición. No es una huida de lo humano, sino lo humano expuesto como proceso: inestable, poroso, en negociación constante con la memoria, la tecnología y la pérdida.
Cada canción, cada textura, funciona como un eco de esa fusión. A lo largo del disco, las voces adoptan identidades cambiantes: en algunos momentos reconocemos con claridad la voz del autor; en otros, emerge la del protagonista de la novela, como si hubiera atravesado el tiempo para reclamar su lugar. En determinados pasajes, ambas se entrelazan hasta volverse indistinguibles, dando lugar a una voz tercera que no pertenece del todo a ninguna de las dos. No es una voz amplificada, sino abierta: un espacio de tránsito donde la identidad se vuelve inestable y fértil.
Más que apoyarse en la tecnología como herramienta visible, el proyecto la incorpora como un dispositivo de desplazamiento. Las canciones no fijan una identidad vocal estable, sino que permiten que cada pieza encuentre su propia forma de hablar. La voz se desplaza, se filtra, se contamina: a veces encarna la presencia del autor en el presente; otras, revive la voz del personaje que compuso estas canciones décadas atrás; y en ocasiones se convierte en una zona intermedia donde ambas conciencias conviven.
Esta oscilación no busca engañar ni ocultar, sino revelar. Todo responde a una intención, a un gesto consciente. Al permitir que las canciones adopten distintas voces, el proyecto expone el carácter fragmentario de toda memoria y la imposibilidad de separar con claridad quién habla cuando el tiempo se pliega sobre sí mismo. La identidad vocal se convierte así en un campo de experimentación emocional, donde el error, la interferencia y la superposición no son fallos, sino condiciones necesarias para que algo verdadero ocurra.
La doble “O” de HEOOMAN no intensifica: abre. Sugiere una boca, un ojo, un vacío. Un espacio por el que se cuelan la confusión, la deriva y la emoción. La voz deja de ser un punto fijo para convertirse en materia en movimiento, capaz de mutar sin perder su carga humana.
La génesis física de esta obra es nómada. Todas las letras fueron capturadas en movimiento, escritas a mano mientras A. L. Ritter recorría las calles de París, Madrid, Bilbao y Ciudad de México. Entre cafés, habitaciones prestadas y mañanas húmedas, el pulso de estas ciudades se filtró en las palabras y en el propio sonido.
El sonido se trata como materia viva: capturada, reciclada, estirada, deformada y reensamblada. Cada textura, cada sombra, cada residuo da testimonio de un proceso en el que la pérdida se abre hacia una forma de sanación basada en la repetición y la atención.
Pero The Lost Tapes, Vol. 1 no es solo literatura y música: también es arte fotográfico. La portada del disco muestra al autor emergiendo de la oscuridad, con el rostro aún marcado por una densidad de negro que le impide abrir completamente los ojos, mientras una luz cae sobre él como promesa de resurgimiento. En una sola imagen se condensa el espíritu del proyecto: ausencia y presencia, opacidad e iluminación, caída y retorno.
Las canciones atraviesan umbrales delicados de identidad y renovación: preguntas sin respuesta, silencios que hablan, emociones que se resisten a ser nombradas. La luz aparece torcida, imperfecta, y precisamente por eso más verdadera. El tiempo afloja su dominio. La ambición se suaviza. Lo que permanece es la atención.
Una voz, antes fragmentada por el tiempo, encuentra finalmente el espacio donde puede existir en plenitud. No como identidad fija, sino como HEOOMAN: lo humano que acepta sus grietas, sus ecos y sus contaminaciones.
The Lost Tapes invita a entrar despacio en esta constelación de instantes donde memoria, cuerpo, voz y ficción coinciden brevemente. Es un territorio compartido, un umbral donde pasado y presente se encuentran, donde las voces se multiplican y se funden, y donde cada escucha se convierte en una arqueología de aquello que persiste en el eco.